Según Aristóteles, «el ser humano es sociable por naturaleza». La soledad, habitualmente no está bien vista o, lo que es más importante, no se vive bien y, a veces, duele. El mero hecho de vivir, en ocasiones, duele.

La soledad puede estigmatizar a quien la vive y de hecho se suele disimular. Hay personas solitarias que simulan hablar con alguien por teléfono cuando van por la calle. Como si la soledad les avergonzara. Simulan relacionarse, disimulan el estigma, la vergüenza de ser seres solitarios.

La evolución cultural nos facilita artefactos que nos ayudan a relacionarnos e incluso a relacionarnos sin establecer el compromiso de la relación, incluso a relacionarnos sin relacionarnos.

Por ejemplo, la aplicación «Pokémon GO» es un juego que consiste en cazar unas “criaturas imaginarias” de mayor o menor valor, que se encuentran en diferentes puntos de nuestra ciudad; es una «caza virtual». Es una aplicación que usan niños, niñas, adolescentes e incluso personas de cierta edad. Ocasionalmente (con anterioridad a la pandemia), la aplicación anunciaba la aparición de un determinado Pokémon valioso en algún lugar concreto de la ciudad y se producía un encuentro de “cazadores”, ensimismados en sus smartphones, que compartían un espacio (también había seres sociales que establecían conversación e intercambios). Podría decirse que para algunos seres solitarios era una buena excusa para salir y compartir algo que de otra forma no podrían; les permitía dar una imagen que alejaba el estigma. En cierta forma, les daba vida.

En el extremo de los artefactos que genera nuestra cultura nos encontramos con el anuncio del «metaverso». Nos anuncian una vida virtual, paralela, que, posiblemente y además de utilidades valiosas, nos facilite una soledad virtual sobre una soledad real. En ese metaverso, la construcción de la imagen (avatar, alter ego…) será fundamental.

Los tiempos están cambiando; siempre están cambiando, pero siempre nos evocan al Mito de la Caverna, el mito del que Platón nos habló hace veinticuatro siglos.

Las organizaciones también viven con la imagen y, algunas, de la imagen. Se crean su metaverso, una realidad paralela aceptable, incluso ideal.

Es fácil redactar unos valores y principios que lucen bien en la web de la organización y en sus medios de difusión o propaganda. Y es difícil vivir y realizar la tarea en organizaciones que, en contra de lo que preconizan, las relaciones se basan en la desconfianza, en la falta de sinceridad y ética.

En una organización dedicada a la formación, inclusión y apoyo social a personas con dificultades de inserción social, cuyos principios, valores y fines eran loables y fantásticos, se había establecido, entre la dirección y los trabajadores (profesionales de la educación, pedagogía, trabajo social…) una cultura de relación clientelar, y los despidos y finalizaciones de la relación laboral del “personal menos afín” se realizaban a través de WhatsApp.

Sea cual fuere el grado de bondad de una organización, lo importante es abordar el proceso de transformación cultural organizativo dirigiéndolo hacia un modelo más amable y ético; a crear una identidad sana, acorde con los objetivos, con unos patrones de relación que faciliten la tarea, la vida en el trabajo y el abordaje de la realidad.

Lo esencial no radica en la buena imagen, sino en que ésta se corresponda con su realidad.

Ignacio Arilla. 2021.

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